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pequeños detalles

Y a veces vuelve a sorprender cuan ciego u olvidadizo puedes volverte con el paso del tiempo, con el peso de la rutina sobre tus hombros, por más que trates de evitarla.
Yo no sé en verdad como haya sido la vida de Julio Cortázar, pero lo que nunca dejará de sorprenderme es la candidez de su mirada. Esa forma de maravillarse con cada pequeño detalle del día a día, esa forma de capturarlos en su escritura. De dimensionarte todo.
Supongo que el hecho mismo de obligarme a evitar la lectura de JC, contribuye a que en estas relecturas, la sorpresa cresca. La sorpresa de leerlo.
Creo que ya lo dije en algún pasado post, de cualquier manera, va. A Julio Cortázar lo devoré de 84 a 88, más o menos. Leerlo era una compulsión. Una que empezó a afectarme: aunque no quisiera su ritmo se me pegaba y me hacía escribir espantosas imitaciones de su prosa. Así que decidí dejarlo reposar, obligarme a encontrar mi propia voz.
Y esa postura mantuve durante un largo periodo de tiempo.
Y supongo que hubo contribuciones externas. Por ejemplo la de uno de mis editores (cuyo nombre se me escapa en este momento) que sostenía la teoría de que a la generación mexicana de escritores de los años 70's, Cortázar la había hechado a perder... No sé hasta qué punto pueda ser cierto... Pero... no quise arriesgarme a algo semejante y seguí evitándolo.
Hasta que en noviembre del 2002, mientras hacia tiempo en las afueras de un hospital en la ciudad de Cuernavaca y trataba de evitar los pensamientos pesimistas con respecto a la salud de mi madre, encontré en una librería de viejo la edición de sudamericana de Rayuela. Semejante a la de mi original lectura y que me fuera prestada por mi primera novia poblana. Lo mejor es que el precio no era elevado. Con ese tesoro en manos regresé a la sala de espera y mientras las páginas se fueron agotando, la salud de mi madre volvía...
La experiencia fue increíble. Como si jamás la hubiera leído. Confieso que había capítulos a los que siempre regresaba, capítulos que consultaba y gozaba; pero jamás había emprendido la tarea de su completa relectura. La disfruté al máximo, y ya sin temor de ser contaminado.
Desde ese momento, creo que no he dejado de releerlo...
Y no sé, pero supongo que me creí las palabras de Julio cuando hablaba de sí mismo como un pésimo poéta, por que salvo el crepusculo sólo era consultado en las páginas marcadas y apenas, el miercoles pasado, mientras esperaba la llegada de Arturo, salvo el crepúsculo capturó mi atención. Aunque aún sin atreverme a leerlo de principio a fin.
Y hoy, esperando el camión que me traería a Jojutla, otra vez un texto me arrancó de la monotonía, me hizo revivir pasadas experiencias, cosas olvidadas.
El texto es Para escuchar con audífonos, donde Cortázar habla de todos los pormenoresde esa experiencia y de una cosa casi del todo olvidada: los pre-ecos que los discos de vinil tenían.
No voy a arruinar el texto tratandolo de resumir, mejor les digo el tipo de debrayes a los que me llevó.
Primero me trajo el recuerdo vívido de los pre-ecos, luego me llevó a la declaración de William Gibson de que el invento más grande del siglo XX había sido el walkman... de ahí pasé a recordar mi vieja radio con apariencia de granada de mano y una tarde gris en las calles del centro historico del DF, de la mano de mi madre, con la radio-granada en la derecha y la cinta blanca del auricular monoaural colgandome desde la oreja... Y de ahí a algo más vetusto.
¿Saben que cuando era pequeño los teléfonos no tenían disco ni teclas? Te limitabas a levantar el auricular, a escuchar ese ruido insecto, hasta que la telefonista de preguntaba a dónde deseabas llamar... Creo que como a los siete años pusieron al fin el disco... Y no sé, pero como hasta los 17 conocí un teléfono de teclas...
Y hoy en día,. resulta que ya no puedo despegarme de mi celular.
Dios... supongo que tendré que escribir algo sobre esto. No este mero debraye.
Sólo espero que no salga cortazarianamente contaminado.
Suficiente.
Mejor va un fragmento de ese texto, para que se den una idea:

Para escuchar con audifonos (fragmento)
Julio Cortázar

Me fascina que la mujer que está a mi lado escuche discos con audífonos, que su rostro refleje sin que ella lo sepa todo lo que está sucediendo en esa pequeña noche interior, en esa intimidad total de la música y sus oídos. Si también yo estoy escuchando, las reacciones que veo en su boca o sus ojos son explicables, pero cuando sólo ella lo hace hay algo de fascinante en esos pasajes, esas transformaciones instantáneas de la explosión, esos leves gestos de las manos que convierten ritmos y sonidos en movimientos gestuales, música en teatro, melodía en escultura animada. Por momentos me olvido de la realidad, y los audifonos en su cabeza me parecen los electrodos de un nuevo Frankenstein llevando la chispa vital a una imagen de cera; animándola poco a poco, haciéndola salir de la inmovilidad con que creemos escuchar la música y que no es tal para un observador exterior. Ese rostro de mujer se vuelve una luna reflejando la luz ajena, luz cambiante que hace pasar por sus valles y sus colinas un incesante juego de matices, de velos, de ligeras sonrisas o de breves lluvias de tristeza. Luna de la música, última consecuencia erótica de un remoto, complejo proceso casi inconcebible


Suerte de aquel lado de la pantalla.

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