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de encuentros y desencuentros con poe

Que yo recuerde, mi primer acercamiento consciente a la literatura de Poe, fue a través de un comic, en esa etapa de TV muerta y adicción al puesto de periódicos.
Ya en otro post lo comenté brevemente: en Jojutla, en esos días de la segunda mitad de la década de los setenta, cuando andaba por los diez u once años, la llegada de revistas era irregular en casi todos los ámbitos menos en el de las fotonovelas. Y de entre esas joyitas que aparecían a veces, compré una revista especial del Spirit, una que no se limitaba al comic, traía ensayos, locuras. Una de ellas era La verdad en el caso del señor Valdemar de Edgar Allan Poe y quizá me lo hubiera saltado, de no ser por los dibujos que remataban el cuento. Una serie de viñetas. Cuatro, según recuerdo (y hace mucho que no encuentro ese ejemplar), en que la cara de lo que parecía una mujer empezaba una rápida descomposición hasta llegar a ser un pedazo de cráneo, cabellos y polvo.
Supongo que antes agoté los comics y luego devoré el cuento de Poe. Quedé fascinado, vuelto loco. Las imágenes rondaban mi cabeza, las ilustradas, las que yo imaginé... Pero era un lector pasivo, complaciente. Aceptaba lo que me entregaban las revistas sin indagar, buscar seguir los hilos hasta las fuentes de origen.
Y hubiera seguido así sin la aparición del comic Hercules sin cadenas y de los dos de John Carter, Guerrero de Marte; pero esa historia ya fue contada y no voy a repetirla ahora.
Quizá sólo voy a ampliarla. Cuando finalicé la búsqueda de Una princesa de Marte, supe que había más libros de la saga y descubrí que también era casi imposible encontrarlos. Busqué y rebusqué en librerías de viejo, sin éxito. Y un fin de semana en Jojutla, por mis 17 años, mientras acompañaba a mi primo Israel a ver a su abuela, con el libro de Burroughs en mis manos, empecé a platicar con Pepe Avendaño, tío de mi primo, pero no mío. Él vio mi ejemplar y me aseguró que, perdido en el caos de esa casona, debía encontrarse al menos la segunda parte: Los dioses de Marte, porque él era lector de Ciencia Ficción. Era lector y empezaba a escribir. Le comenté que yo andaba también en eso y le prometí darle un ejemplar de mi mención honorífica del Premio Puebla de CF, en cuanto lo publicaran (cosa que no recuerdo si cumplí).
Pepe me llevó a sus libreros, a su bodega. Y poco a poco fui descubriendo joyas perdidas entre un montón de libros en inglés, que aún no podía leer. Lo primero que descubrí fue dos números de la saga de Carson de Venus de Edgar Rice Burroughs... Y mucho, mucho más tarde, la ansiada segunda parte de Barsom.
Pero antes de que la encontrara, Pepe hizo de las suyas y con ello, me hizo un gran favor. Me prestó un libro de Borges como si fuera de ciencia ficción. Era El Aleph y me recomendó en especial El Inmortal. Reconozco que no empecé de inmediato su lectura (ningún autor de CF hablaba de Borges). La prolongué como quince días y cuando la asumí, me llevé la mayor autodecepción de mi vida. No podía leer ese libro sin recurrir al diccionario. Y fue algo para hacerme rabiar. Aún en metro, cargué con el diccionario y acabé el tomo, absolutamente fascinado. Quizá porque también se planteó como un reto. Quizá porque ya necesitaba a Borges.
El caso es uno: a Borges podía conseguirlo en cualquier (o casi cualquier) librería. Y no me detuve. Leí y leí a Borges. Y en algún momento, en un libro que no recuerdo, descubrí que este señor consideraba a Poe como su maestro. Lo anoté mentalmente y me prometí comprarlo tan pronto pudiera.
La oportunidad llegó rauda. En otro fin de semana, en Jojutla, en una papelería que estaba a punto de renovarse, descubrí libros de Porrúa en remate. Y ahí estaba Poe. Lo compré sin dudar.
Y resultó decepcionante. Lo cual debería apenarme, pero no. Yo llevaba dos ideas fijas al abordar esa lectura: el recuerdo de Valdemar y la estúpida premisa de que al leer al maestro de Borges, encontraría a un SuperBorges. Aún tenía 17 años y muy poca noción global de la literatura. No sabía aplicar operaciones temporales, aunque el tema en CF me fascinara. No sabía nada. Un autodidacta con la idea fija de leer historias tipo John Carter es generalmente un desastre. Y yo lo fui.
La reivindicación de Poe, llegó más tarde; ya en la universidad, ya en letras; luego de enamorarme de la escritura de Julio Cortázar, luego de saber que este otro argentino también adoraba a Poe. Tanto como para traducirlo. Y fue en esa versión, fue ya a sabiendas de que la literatura debe ser leída ubicándola en su tiempo, en el momento en que surge, cuando descubrí el valor de Poe, cuando supe que El caso del señor Valdemar no era el resultado fortuito de un oficio. Poe era un maestro. Uno tan copiado que cuando lo leí por primera vez me pareció carente de originalidad, sin imaginar que él, Poe, había generado la mayor parte de los clichés que yo ya leía en versión más que desgastada o retorcida. Fue también cuando acabé de comprender que un buen traductor es indispensable para acercarte a la verdadera obra, para generarte todo el espectro de sensaciones planeadas por el autor.
Desde entonces me he acercado cada vez más a Poe, gracias a Baudelaire, a esa biografía más cercana, más contemporánea que hizo sobre Poe.
Desde entonces no puedo dejar de sorprenderme de su maestría, su arrojo para abordar temas tabúes, su constancia, su alma artística que lo hiciera desafiarlo todo con tal de plasmar lo que al él obsesionaba.
Poe es único, en muchos sentidos. No sólo revolucionó el concepto tradicional de las historias de miedo; creó el género policiaco y con cuentos como The Facts In The Case Of Mr. Valdemar, también inauguró la CF.
Quizá mañana les postee mi conferencia.
Quizá mañana haga una crónica del homenaje.
Por el momento, sirvan estas líneas como escueto homenaje a su memoria. Sirvan para recordar que en un día como hoy, hace 155 años, hacia las 5 A.M., Edgar Allan Poe moría solo, abandonado, con ropas ajenas, con el estigma de la embriaguez sobre su frente, en la soledad de un hospital. Quizá nadie ahí supo que de todos ellos sólo él sería recordado. Quizá nadie intuyó que moría un genio en esa cama y no gracias al exceso del alcohol, sino, como lo han demostrado recientes investigaciones, debido a la presencia de hidrofobia (rabia) en su organismo; debido, quizá, al destino, a esa fatalidad que tanto relató y a la que tanto se opuso en su vida.
Descansa en paz, querido Eddie.
Por aquí aún habemos muchos que portamos con orgullo tu herencia.

Homenaje a Poe en profética

jueves 7 de octubre de 2004
a las 19:00 hrs (7 pm)
en Profética (3 sur 701, Puebla, Pue.)

a 155 años de su muerte
Los perpetradores:
Anja G. Griessmeyer
Ismael Flores Ruvalcaba.
Efigenio Morales Castro
Ana Laris
Gerardo Horacio Porcayo
José Luis Zarate Herrera

La entrada es libre.
See ya there...

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