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de silencios, andares y locuras

Y ya debería, de una vez por todas desterrar esta clásica entrada, este ánimo de explicar por qué las cero visitas a este blog y casi a la red. Y debería porque la razón es una y persistente: la vida gana sobre la virtualidad. De una y muchas maneras.
Y aquí estoy, tratando de escribir algo, sin saber qué, de todo lo que planié, sigue teniendo vigencia, persiste en estas neuronas con calidad suficiente para relatarse.
Supongo que deben ser las conferencias. O la conferencia. Tenía al menos un par de años que no me invitaban a ninguna feria del libro del norte. Y esta vez fue San Luis Potosí la sede. Y con un tema que hacía siglos no abordaba: Cyberpunk y nuevas tendencias de la literatura. Me emocionó tanto la invitación que no me importó que fuera sobre cyberpunk la charla. No me importó al principio, luego me apasionó. Hasta ese momento, hasta ese instante en que me puse a planear lo que diría, me percaté de la fecha... Se cumplian 20 años de la publicación de Neuromante de William Gibson, veinte años del nacimiento del cyberpunk. Y yo andaba como si nada...
Aunque tampoco es cierto. Las vibraciones de la Ciencia Ficción andaban crecientes, subyugantes. Había sido jurado ya de un Premio de Cuento y entre los participantes, descubrí CF. En mis mismos intentos por escribir, me encontré decantado, again, en la CF.
Pero una tarde de jueves, mientras empezaba a tipear la conferencia, me percaté de esos veinte años. Y de otra cosa más: aunque para los que vivimos el cyberpunk como lectores y luego creadores, esas fechas lucen bastante remotas, hay mucha gente para la que aún suenan como nuevas tendencias. Así que me puse a escribir. Y a recordar. Y a analizar el hecho.
Y salió un interesante discurso, que no será el de aquí.
De camino a San Luis, mi cabeza no dejó de dar vueltas en torno a la fecha. En 1984, murió Cortázar. Ese mismo año, se estrenó la convocatoria del Premio Puebla de Ciencia Ficción que permitió que todo un grupo de locos nos arrojaramos sobre las máquinas de escribir (no había PC's para los mortales comunes y corrientes, vaya, hasta Gibson escribió Neuromancer en su typewriter machine). Y Gibson publicaba la novela que validaría una nueva corriente en la CF.
Tres grandes eventos literarios en mi vida. Tres estigmas que de muchas maneras me siguen. Me persiguen.
No hace mucho, releía un recuento de la CF Argentina escrito por Horacio Moreno y me sorprendió encontrar que para ellos, para los porteños, también fue crucial el 84 en materia de CF nacional.
Bruce Sterling, por el 94, declaró que el Cyberpunk estaba al fin muerto. Mi novela de ese género había sido publicada un año atrás y al momento de leer el artículo de Sterling que tradujera y publicara Federico Schaffler en Umbrales, acababa de terminar la segunda parte de esa novela. Misma que nunca fue publicada. En ella (y no voy a mencionar su título) tres capítulos se desarrollaban en San Luis Potosí, Ciudad que sólo conocía de lejos, desde la carretera rumbo a Monterrey. Y llegar a esa ciudad fue retomar mis viejas ensoñaciones, repasar la novela que aún transporto (y no he tratado de reparar) en la Lap Top y sorprenderme. Desde el Hotel Panorama, hubo un magnífico panorama que abarcaba la extensión de concreto, con sus manchones distintivos de múltiples iglesias, con su atmósfera colonial. La Lobita, of course, iba conmigo y no dejé de llevarla en ese reconocimiento mínimo que intenté.
La noche del sábado, aún escribí el final de la conferencia. Ya con los ánimos más armados, ya con nuevas perspectivas. Escribí en la abstemia, luego de encontrar una prueba más de que más allá de Puebla, Morelos y el DF, las ciudades tienden a censurar la venta de alcohol más allá de las nueve de la noche. Terrible, San Luis me gustó menos en ese instante.
El domingo, la Conferencia en un bar. Una que me hubiera gustado más animosa, más opimista.
Cerré la sesión con una queja. Una sobre este desierto de arte.
En el 84 surgió el Cyberpunk. Desde entonces no he encontrado nuevas verdaderas tendencias, ni en literatura, ni en pintura o cualquier otra cosa.
Y es deprimente.
Este viernes, al mirar Sky Captain, creí entender por qué: el siglo XXI se ha caracterizado por su ánimo de homenajes, por su tendencia a la moda retro. Esta película es el colmo, la escencia de ese hecho. Moda, cultura y artes reciclados para un siglo míticamente pletórico de novedades en las mentes de los ciencia ficcioneros.
Quizá aún peor. Pertenezco a esa extraña generación que le tocó vivir en el mundo viejo y en el actual, a un tiempo. O que vio como este tiempo actual se construía. Quizás para las nuevas generaciones el reciclaje de modas sea excitante. Para mí, para toda mi generación, no.
En la conferencia dije que si había que ponerle un nombre a la nueva literatura sería: la literatura del desconcierto.
Ahora, tras Sky Captain, tras el repaso a algunas obras de arte en la Ibero y el repaso mental que hice de todo lo recientemente visto, llego a otra conclusión. Una que ya apuntaba Zárate, aunque en tono festivo y de broma. El se alegraba de la nueva versión (en aquellos días en que aún no la veíamos) de Godzila y sugería que la gente de nuestra edad jugaba a hacer nuevas versiones de los temas de la nostalgia.
Ahora yo lo repienso todo. Y sólo puedo decir: la literatura, el arte de nuestros días, es el que surge del capricho. De ninguna otra parte.
Quizás por eso son tan malas las tendencias actuales. Tras un capricho, sólo hay autocomplacencia. Cero autocrítica...
Y eso es lo que parece persistir en el arte de nuestros días: autocomplacencia, formas surgidas de un capricho personal que no mira al mundo...
O algo así.
No sé. Quizá esta parte sea la que intitulaba como "locuras".
Anyway, aquí sigo, aporrendo el teclado, viviendo. Sin dejar de escribir...
See you later, you people behind the screen.

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