domingo, julio 20, 2003

primero lo primero

La continuidad. La perseverancia...
No sé si me vendieron desde chico demasiado bien el producto, la idea, el sueño...
A veces pareciera que sí­... Sólo a veces.
Y aunque uno trate de liberarse de todas esas cargas automatizadas o simplemente heredadas, muy pronto descubres que hay algunas que cuesta trabajo erradicar... Y cuando estás a punto de borrarlas del mapa, también llega, intransigente, quizás imparable, la noción de que no todo pasado es terrible... O, peor aún, descubres que a final de cuentas crees en algunas de esas cosas... Aunque desconoces sus lí­mites.
Vivir parece ser un conjunto infinito de preguntas a responder...
Y si eso fuera verdad, hay una frase devastadora de Grant Morrison en The Filth (creo que en el número 2) para complicar las cosas un poquito más: Answers are something that you want, not something that you need. La frase de Grant, por supuesto, no pretende ser una lección de vida, sino un ejemplo de lo que el pensamiento dictatorial, de hombres y/o mujeres en el poder, suele ser.
Con todo, quizá la única respuesta al galimatias que plantea todo esto sea una frase de Carl Sagan que escuchara durante la secundaria en el capítulo de Cosmos dedicado a la relatividad: La única verdad sagrada es que no existen verdades sagradas.
Lo cual me lleva al inicio de este debraye.
Creo en la perseverancia... Pero a veces me meto en sobredosis.
Hace cosa de una semana, again, empezaba a preguntarme si ya estaría muerto como escritor. Porque, aunque las ideas para nuevas novelas surgen y no dejan de surgir, de pronto parecí­a que la ansiedad por escribirlas se estaba extinguiendo.
Y como en otras ocasiones empecé a torturarme. A flagelarme por abandonar un proyecto que surgió al mismo tiempo que la decisión de dedicarme a escribir: dejar 50 novelas escritas y publicadas para que la cosa valiera la pena.
50 novelas. Un número alto (aunque tampoco exagerado). Un número al azar. O casi, pero explicar la génesis de esa autoexigencia tampoco es necesario.
El hecho fue uno. Reconocí lo que estaba pasando. No me interesaba más cumplir esa cuota arbitraria. Habí­a dejado de tener prisa por alcanzarla. Y esta vez no estaba culpando al poco apoyo editorial; al hecho de que a veces tenga más de tres libros para publicarse en un año, sabiendo que el gremio editorial no acepta esa clase de productividad.
No, para nada.
Al mismo tiempo supe otra cosa. El impulso, los ánimos, las ganas, están ahí­, junto con todos los argumentos... Pero parece que los estoy madurando. Que los estoy dejando crecer.
Otra cosa es cierta. Y tiene menos que ver con el raciocinio.
Me hace falta una musa. De carne y hueso.
De pronto, también, parece que caigo en otro viejo y conocido ciclo; en ese antiguo impulso de abandonar la vida de escritura para encontrar la vida en las calles.
Pero tampoco es eso. O no del todo.
Hubo un tiempo en que estuve casado. Y algo sé: en ese momento no necesitaba buscar mi vida fuera de mi escritura. Toda estaba en casa.
Hoy, si estuviera casado, tampoco creo que hubiera sido igual de simple.
Creo que la edad no sólo acarrea canas.
Parece que también trae aparejada su carga de complejidad.
Cada vez es más infrecuente encontrar esas verdades sagradas.
Cada vez, al mismo tiempo, esa complejidad parece acarrear muchos más condimentos.
Quizá vivir sea una cuestión de apasionarse en la ví­a sabueso.
Quizá vivir no sea sino perfeccionar el aventurero, el explorador que cargamos en el espí­ritu.
Quizá...

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