domingo, enero 11, 2004

más de la inercia

Y sí, pensé que sólo sería el ansia de seguir de vacaciones, pero la inercia ha llegado también por el lado de las nuevas costumbres.
Esta semana fue para perpetuar las tertulias literarias.
Con el año no se fueron las borracheras. Reiniciaron. Arturo al frente, y Alejandro y Miguel Ángel y Harald. Todos otra vez en esta experiencia que parece no terminar de agotarse.
Ahí estuvieron las pláticas que hace rato se extrañaban, sobre la literatura y la vida misma. Ahí estuvo el recuento anual y el plan de hacer entrega de premios a las obstinaciones y conductas alocadas. Y no confieso todo, sobre estos premios, porque aún está el plan en pañales, aunque las nominaciones y categorías a parte de completas nos hicieron reir hasta que dolieron las mejillas y los estómagos.
Otra vez el punto de reunión, el café de los portales. A más de 10 años de distancia, Vittorios vuelve a readquirir para mí el viejo significado. Ese espacio reconfortante de encuentro... Esos cafés donde quizá no se arregla el mundo, pero se recobran energías. Se avanza de otra manera.
Y justo en esas tertulias, ellos volvieron a hablar de Moby Dick... Y de sus lecturas. Y una vez más, me replanteo hacerlo yo también. Seguir el curso de evolución que ellos tendrán con esta experiencia lectora...
Aunque para mí sea otra la fuente de inspiración.
Para leer a Melville hizo falta Borges y su traducción de Baterbly.
Para leer Moby Dick, ni la animación americana de mi niñez ha sido suficiente. Ni la adaptación de Bradbury para la pantalla grande...
Nunca he acabado de leerla. Y la terquedad de hacerlo persiste por una razón: la visión de Philip José Farmer de esa ballena blanca en Los Jinetes del salario púrpura, su cuento para visiones peligrosas. El primer trabajo que me hizo ver hasta donde era posible estirar la Ciencia Ficción. Hasta donde podías hacer verdaderamente magistral una obra de CF. Y de ahí parte también el miedo... el miedo a decepcionarme de esa figura reconstruída por Farmer.
Y para muestra basta un botón. Este es un poema expontáneo que Omar Runic, personaje de la novela corta o cuento largo, recita y crea al ver la obra de su amigo pintor.

Llámame Ahab, No Ishmael,
porque he arponeado al Leviatán.
Soy el retoño
del asno salvaje hecho hombre.
¡Mis ojos lo han visto todo!
Mi pecho es como el vino en cuba hermética;
soy un mar con puertas, pero están cerradas.
¡Mira! La piel estallará; la puertas se romperán.
Tú eres Nimrod, digo a mi amigo Chib.
Y ahora es cuando Dios dice a sus ángeles:
"Si esto es lo que puede hacer nada más empezar,
nada es imposible para él.
Tocará su cuerno de caza ante las murallas del Cielo,
y exigirá la Luna como rehén,
a la Virgen por esposa,
y pedirá una parte en los beneficios
de la Gran Puta de Babilonia.

Melville escribió sobre mí mucho antes de que yo naciera.
Soy el hombre que quiere comprender el Universo,
pero comprenderlo en mis propios términos.
Soy Ahab, cuyo odio debe taladrar, romper
todo obstáculo de Tiempo, Espacio o Mortalidad del Ser,
y lanzar su feroz incandescencia a la Matriz de la Creación,
perturbando en su cubil
a quién sabe qué Fuerza o Cosa Desconocida que allí se agazapaJ
remota, molesta, no revelada.

¿Tiempo? ¿Espacio? ¿Substancia? ¿Accidente?
Tras la muerte... ¿Infierno? ¿Nirvana?
La nada no es nada en que pensar.
Truenan los cañones de la filosofía,
sus proyectiles son trapos.
Las pilas de municiones de la teología saltan,
dispersas por la Razón saboteadora.
Llámame Efraím,
pues fui detenido en el Vado de Dios
y no pude pronunciar la contraseña sibilante.
Bueno, no puedo vocalizar shi-bboleth,
¡pero puedo decir "mierda"!

¡Señor, existo!
Y no me digas, como a Crane,
que eso no te crea obligaciones respecto a mí.
Soy un hombre; soy único.
He lanzado el Pan por la ventana,
me he meado en el Vino,
he sacado el tapón del fondo del Arca,
he cortado el Arbol para hacer leña y,
si hubiera un Espíritu Santo,
lo conduciría como a un ganso, con una vara.
Pero sé que todo esto no significa una mierda maldita de Dios,
que nada significa nada,
que es es es y no es no es no es,
que una rosa es una rosa es una,
que estamos aquí y no estaremos,
¡y eso es todo lo que podemos saber!

La Tierra da bandazos como un barco que se hunde,
con la popa casi arrancada por la riada de excrementos
de los cielos y las profundidades,
que Dios, en Su terrible generosidad,
ha concedido al oír gritar a Ahab:
"¡Mierda! ¡Mierda!".
Lloro al pensar que éste es el Hombre
y éste su fin.
Pero, ¡mira!,
en la cresta de la riada,
un buque de tres palos de antigua forma.
¡El Holandés Errante!
YAhab está en pie sobre la cubierta de un barco, una vez más.
¡Reíd, Hados, y burlaos, Norns!
Pues soy Ahab y soy el Hombre,
y aunque no puedo abrir un agujero en el muro de Lo Que Parece
para coger un puñado de Lo Que Es
pese a todo seguiré golpeándolo.
Y mi tripulación y yo no cejaremos,
aunque las cuadernas se rompan bajo nuestros pies
y nos hundamos hasta hacernos indistinguibles
del excremento general.
Durante un momento que arderá en el Ojo
de Dios para siempre,
Ahab se yergue,
silueteado contra la llamada de Orión
puño cerrado—falo sangriento—,
como Zeus exhibiendo el trofeo de la castración de su Cronos.
Y entonces él, su tripulación y su barco
se hunden y chocan de frente con el borde del mundo.
Y según se dice, todavía están
c
a
y
e
n
d
o.

fragmento de Los Jinetes del Salario Purpura
de Philip José Farmer

Y con este poema, las referencias a Melville no se acaban.
Si no lo han leído, qué esperan.
Cualquier cosa que pudiera agregar a este post, sobra...

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