martes, marzo 02, 2004

el sueño de la gaviota

Así se llamó un capítulo que llegaría a ser esencial en La Primera calle de la soledad, esencial porque daría parte de su mitología a ese mi particular mundo cyberpunk.
Lo escribí hace doce años, tras regresar de mi primer viaje a Monterrey. Luego de haber tirado completa una novela que jamás funcionó.
El concepto básico del sueño de la gaviota ya estaba estructurado, en ese esbozo previo. Pero aún no tenía nombre ni sabía de sus alcances... Ni del poder de su metáfora.
Antier volví a estar físicamente en el sueño de la gaviota. Si ahí, en la playa que sirve de patio frontal al nuevo departamento de Arturo, mientras bebía cerveza en tarros escarchados y Cannonball Aderly llenaba la atmósfera con su sax tenor.
Ahí, al borde de la playa, las gaviotas planeaban, se movían en parvada cuando alguna chica les lanzaba migajas de pan. O suspendidas, de pronto se lanzaban un clavado mortal, en busca de peces bajo esas aguas verdosas, recién invadidas por la marea roja. Pero siempre al borde. Sin perderse de la tierra, sin buscar hoyar ese horizonte verde que se unía a la semiesfera azul de un firmamento sin nubes.
La música acabó. Y por un momento sólo fue el mar, las gaviotas, ese cielo artificial de tan impecable, tan inmutable. Inamovible.
Y estuve en el sueño de la gaviota.
Así, sin más...
Yo no sé cuando experimenté por primera vez ese sueño de la gaviota. Supongo que fue en Coatzacoalcos, un día de cruda mortal, mientras mis padres acudían al recalentado de una boda y yo vagaba por la playa. Ahí o en Cozumel (sin resaca, pero con el tiempo suficiente para vagar por la playa)... Y la imagen debió quedar bien grabada, para llegar a ser metáfora.
El hecho es que volví a experimentar la paz de perderme en esa estática de realidad, en ese rumor de mar, ese suave, excelso bamboleo de las olas...
Y la vida siguió. Dimos paseos, buscamos fiestas, atravesamos el Carnaval y fallamos esa noche en encontrar gabachas con ganas de alocarse.
Llegó el domingo y con él la tristeza de partir.
Una tristeza grande.
Volver, descender a la rutina, la tierra, lejos del mar y las gaviotas.
Lo más triste fue que el firmamento mismo se había llenado de nubes. Nubes deshilachadas invadiendo desde el continente... En algún momento descubrí la huella lunar de Armstrong y sonreí, mientras me zambullía por primera vez en esas aguas, en ese ritual de un nuevo adiós.
Y empezó la cuenta regresiva de dieciocho horas de camino a Puebla, la cuenta regresiva en kilómetros hechos nostalgia, tristeza...
Hasta que el veinte cayó.
Volví a recordar el sueño de la gaviota.
El spleen e ideal de Baudelaire.
En La Primera Calle de la soledad, el sueño de la gaviota equivale, a nivel electrónico, ciberespacial, a quedarse en el viaje. A dejarse ir en la marea de la droga virtual hacia esos paraísos artificiales.
El sueño de la gaviota podía ser momentáneo, no para siempre.
El sábado pisé uno de esos paraísos virtuales, ahí, en Puerto progreso.
Hoy, en el camión, piso el spleen baudeleriano. Y con él la reflexión.
Nuevos veintes han caído en esta caída.
Subir al cielo, caer al infierno, todo, con el fin de pisar tierra. Dios, esto si que es complejo.
Y quizás la experiencia para Arturo sea distinta. El sigue en su sueño, uno por el que ha luchado.
Yo vuelvo a mi realidad, nostálgico, triste, pero con ganas de trabajar en la construcción de mis propios sueños.
Ojalá ahora si vaya en serio...
Y lo digo porque parecería que algo nuevo aprendo con cada experiencia...
Y sin embargo...
A veces nada se mueve.
(Escrito en la Lap, abordo del ADO, sin geografía exacta, luego de abandonar Coatzacoalcos y enfilarnos hacia Puebla, el 23 de febrero hacia las 0342 hrs.)

Y como adenda y sólo por cerrar con palabras mejores que las mías:

el hombre y el mar
Charles Baudelaire

¡Hombre libre, siempre querrás el mar!
El mar es tu espejo; contemplas tu alma
en el desarrollo infinito de su lámina,
y tu espíritu no es un abismo menos amargo.

Te gozas en sumergirte al seno de tu imagen;
lo abrazas de los ojos y de los brazos, y tu corazón
se distrae alguna vez de su propio rumor
al ruido de este plañido indomable y salvaje.

Sois todos dos tenebrosos y discretos:
hombre, ninguno no ha sondeado el fondo de tus abismos,
¡oh, mar, nadie conoce tus riquezas íntimas
tan celosos sois de guardar vuestros secretos!

Y mientras tanto hace ya innumerables siglos
que os combatís sin piedad ni remordimiento,
de tal manera amáis la carnaza y la muerte,
¡Oh, luchadores eternos, oh, hermanos implacables!


Y aún algo más. Esta vez de Dick. Justo en el día de su 22 aniversario luctuoso:

Like the ocean, we’re nothing but water inside
(Como el océano, no somos nada sino agua en el interior)
Philip K. Dick

The Man in the High Castle

2 comentarios:

chis dijo...

¡Excelente! Lo que se encuentra uno en Internet. Desde que leí la novela (un par de años atrás) he estado preguntando y preguntándome ¿Con qué sueñan las gaviotas? Y hoy (no sé porque no lo había hecho antes) se me ocurre preguntarle a Google y me aparece tu post, el blog del mismísimo autor que explica el punto preciso de "La primera" que me ha estado resonando en la cabeza desde hace un buen rato. Chingón.

Gerardo Horacio Porcayo dijo...

Hola Chis:
Gracias por visitar y por dejar a tus fantasmas buscar en google y dar con este Debrayario... Y con respuestas que ojalá no hayan resultado más mundanas de lo que esperabas. Es decir, en estos procesos de metaforización a veces uno da con imágenes, poéticas afortunadas... Nos vemos por estas pantallas...

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