domingo, abril 11, 2004

de olvidos y calendarios

Y tal parece que de una u otra manera, estos días acabaré siempre con deudas al calendario. Y con visitas frecuentes inmersas en la nula sospecha.
Y supongo que era lógico. A mí los días se me van como agua. Y peor aún las noches. Si a eso le agregan un periodo vacacional que siempre logra sacarte de la rutina, la cosa es peor.
Esta vuelta al calendario empieza con unas fotos.
Con mi abuela en un par de ellas, entre incontables recuerdos...
Mi abuela materna se llamaba Casilda Campuzano y el pasado viernes estuve recordándola mucho, mientras asistía con mi padre al sepelio de uno de sus amigos. Ahí, en un descanso, me comentó que el cuerpo de mi abuela había sido preparado en esa funeraria. Yo contaba con 14 años en ese momento. Y no vi ni ese, ni ningún otro momento de su muerte. Sólo su rostro tranquilo. Su sonrisa ténue. Todo tras un cristal. La velé. La acompañé a la tumba. Y sólo pude llorar cuando mi abuelo --su esposo-- arrojó el primer puñado de tierra. Creo que hasta ese momento comprendí que jamás la vería otra vez. Que se iba de mi vida...
Hace rato volví a mirar su rostro en una foto que ha perdido colores y se pone amarillenta.
Hace rato descubrí que el viernes, cuando la recordaba en la funeraria, era el día de su santo... Y yo sólo recordaba, sin quererlo, una escena que no vi de su muerte: ella, envuelta en sábanas, tirada en el suelo, mientras mi madre la descubría, también sin querer, en esa postura y lloraba...
Dios... La muerte es terrible en muchos sentidos. Y es peor ver como algunos que trabajan en el sector fúnebre, se olvidan de ese hecho...
En este momento recuerdo a mi abuela. Y siento su ausencia. Y recuerdo sus manos viejas, siempre cosiéndome muñecos de trapo. Sus brazos viejos rodeándome en tardes bochornosas y de rojizos horizontes...
Y me gustaría que el post se quedara aquí... No el recuerdo...
Pero también vienen a la mente las recientes memorias. La tristeza contenida de mi padre --de mi misma madre (quienes poco a poco han ido enterrando a muchos de sus amigos)--, ante la muerte de su compadre Gonzalo Pallares. La atmósfera de duelo que desde la muerte de mi sobrino Gadiel no había experimentado...
Y aún más. Viene a la mente la fragilidad de Arabia, la nieta de Gonzalo, rompiéndose a mitad de esa ceremonia carente de misa debido a que era viernes santo... y en esos días, ya se sabe. A cambio, el sacerdote se esmeró. Supongo que aún más al ver el llanto de la nieta.
Y yo inútil... ajeno...
A veces parece que ni aún en eventos como este, puede uno franquear la línea demarcatoria, la propiedad privada en que se ha convertido --o han convertido-- al ser humano.
Queda tristeza... Y ganas de ver a mi abuela...
Queda el ánimo estúpido de querer luchar contra este síndrome de petrificación...
Queda más. La frase clásica. El profesor Pallares también aparecía en las fotos que revisé. Y sólo hace un par de años me enteré que daba clases de español... Y sólo hasta hace uno, le obsequié uno de mis libros...
Acciones tardías. Ostracismo con daños colaterales.
Me gustaría pensar que en algún momento las relaciones humanas volverán a ser cálidas y más naturales y menos paranoicas... Me gustaría... Pero no lo creo...
Yo crecí en ambientes de posthipismo mexicano, y a veces caigo otra vez en ese sueño: construir comunas de verdaderos seres humanos...
Pero lo peor de lo peor, es que sé que en cuanto vuelva al riel de mi rutina, seguiré sólo la rutina y aunque sueñe con cambiar las cosas, quizá sólo las escribiré... Y no haré casi nada... Quizá demasiado ocupado en escribir... o en cualquier otra maldita cosa...
Y recuerdo a mi abuela. Y esto también quiere ser un envío de felicitaciones, a ella, que ya ha cruzado la puerta. A ella, que ya no conoció internet, ni vio mis locuras... a ella que quizá de todas formas sigue viéndolas...
Besos, abuelita Casilda...

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