domingo, abril 11, 2004

pictures of you

Porque es inevitable la referencia a The Cure... Porque hay nostalgias, a parte de las ya narradas. Y porque las fotos siempre son un viaje al pasado (aunque este tenga apenas unos días o relate épocas de una persona que jamás conociste en esos momento en que el flash fue exprimido).
Y porque la revisión a las fotos empezó con un ánimo extraño.
Mis primos Israel y Claudia volvieron este sábado (y trajeron a Gaby, su pequeña hija, por supuesto). Y dado lo tardío de su arribo, sólo quedó tiempo para ir a pasear a Tequesquitengo. Estuvimos al borde de las aguas, tomando cerveza, mirando a otros esquiar, empezar fiestas que no seguiríamos, Y hubo pláticas y ruegos incistentes de parte de Gaby, de rentar una lancha que los bolsillos no permitían.
Y al final, de regreso a casa, planeando el día de mañana, quise enseñarle a Claudia fotos de su marido cuando era pequeño. Y me encontré con muchos recuerdos.
Y estos me llevaron a mi archivo fotográfico particular.
Y descubrí fotos de mi primer encuentro con el sueño de la gaviota. Gaviotas minúsculas, en cielos sin nubes, en tomas de verdosa coloración, en mares de veleros solitarios y transbordadores de arquitectura futurista. Y ahora puedo decirlo: fue en cozumel, fue soñando con esas olas, con mi vida en un lugar como ese, que empezó la metáfora...
Pero seguí urgando en las impresiones. Y encontré la foto de un atardecer en tequesquitengo, cuando Mauricio Martínez aún agotaba asfaltos y terracerías de esta zona morelense, antes de su emigración. Y ahora, una vez más, abomino no tener espacio para subir fotos. Me gustaría postearles esa. Edificios a contraluz, negros. Dos antenas parabólicas apuntando a un cielo sangriento. La foto, desde el primer momento, tras el revelado, se me hizo la ilustración exacta de un cuento de ciencia ficción que ganara un concurso interpolitecnico, en ese tiempo en que yo pretendía ser ingeniero químico industrial pero ya leía y escribía más de lo que estudiaba para la carrera. El cuento de marras nunca lo leí. Lo leyó su autor, en el auditorio del queso, porque había ganado el premio. Y ante las imágenes que desgajó, yo ya no me sentí más un fracasado. Y entendí dos cosas: que me hacía falta estilo, que Bradbury, después de todo, puede dejar magníficas herencias a esta latinoamérica fantástica, porque el cuento era apocaliptico, pero muy poético. No recuerdo el nombre del autor, pero sí el del cuento: los girasoles lloran al atardecer. He de agregar que jamás lo vi publicado, ni lo he descubierto en ninguna antología... Y la evocación sigue en el título...
Encontré más, mucho más.
Fotos de mi entrada a la escuela de letras. Fotos de un joven y barbudo Zárate. De dos ex-novias. Relatos de una época en que todo el futuro aguardaba y nada parecía que pudiera impedir que fuera nuestro.
Hoy miro todo. Mi viejo ser, casi flaco. Mis sueños apenas esbozados...
Y miro adentro. Y descubro que sólo ha cambiado la estrategia de conquista. Que aún los sueños siguen y no paran de germinar...
No sé a dónde iré mañana, con mis primos, de paseo. Menos sé cual será la ruta adecuada para la navegación al soñado puerto. Pero en esos veleros, en esos pasados plagados de antenas parabólicas, en esos amores juveniles, veo lo mismo: el ansia de vida que no me deja. Que me hace querer avanzar... Como sea. A trompicones, con tormentas y nubosidades... pero navegando... siempre navegando...
See ya soon...

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