viernes, julio 30, 2004

un favorito de bill burroughs

Y pretendía hablar de Farmer; pero en ese post también hablaba de Burroughs y de la fascinación que ejerció en Farmer. No hablé de la que ejerció en William Gibson, pero creo indispensable mostrar con qué fragmento me conquistó a mí. Es este:

fragmento de EL ALMUERZO DESNUDO
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LA CARNE NEGRA
William S. Burroughs


—Nosotros amigos, ¿sí?
El pequeño limpiabotas puso su sonrisa de ligar y miró al Marinero a los ojos; ojos muertos, fríos, submarinos, ojos sin huella alguna de calor de lascivia, de odio, de cualquier sentimiento que el chico hubiera experimentado alguna vez en sí mismo, o visto en otro, fríos e intensos a la vez, impersonales y rapaces.
El Marinero se inclinó hacia adelante y puso un dedo en el brazo del chico, en la parte interior del codo.
Habló en un susurro apagado, de yonqui: —Con venas como ésa, chaval, ¡cómo me lo iba a pasar!
Se rió con una risa de insecto negro que parecía cumplir alguna oscura función de orientación, como el chillido del murciélago. El Marinero rió tres veces. Paró de reír y siguió allí inmóvil escuchándose por dentro. Había cogido la frecuencia silenciosa de la droga. La cara se le fue ablandando como si sus pómulos prominentes fueran de cera amarilla. Esperó medio cigarrillo. El Marinero sabía cómo esperar. Pero los ojos le ardían con un hambre espantosa, pura. Giró lentamente su cara de emergencia controlada hasta enfocar al hombre que acababa de entrar. El Gordo Terminal se había sentado y barría el café con ojos neutros, como un periscopio. Cuando sus ojos pasaron sobre el Marinero hizo una mínima señal con la cabeza. Sólo los nervios al aire de la necesidad de droga habrían registrado algún movimiento.
El Marinero alargó una moneda al chico. Se deslizó hasta la mesa del Gordo con sus andares flotantes y se sentó. Estuvieron un largo rato sentados en silencio. El café estaba construido en uno de los lados de una rampa de piedra al pie de un cañón de altas paredes blancas. Los rostros de la ciudad pasaban silenciosos como peces, manchados por adicciones envilecedoras y lujurias de insectos. El café iluminado era una campana neumática desprendida de su cable, hundiéndose en los más negros abismos.
El Marinero se pulía las uñas contra la solapa de su traje a cuadros. Silbaba una cancioncilla entre los dientes amarillos y brillantes.
Cuando se movía, su ropa emanaba un olor rancio a vestuarios abandonados. Estudió sus uñas con una intensidad fosforescente.
—Tengo cosa buena, Gordo. Puedo darte veinte. Necesito un adelanto, por supuesto.
—¿En especie?
—Bueno, no llevo los veinte encima. Pero te digo que es cosa fina. Coser y cantar. —El Marinero se miraba las uñas como si estudiase un plano—. Sabes que cumplo siempre.
—Que sean treinta. Y diez tubos de adelanto. Mañana a la misma hora.
—Necesito uno ahora, Gordo.
—Vete a dar una vuelta, encontrarás uno.
El Marinero se deslizó hacia la Plaza. Un golfillo le metió un periódico por la cara para tapar la mano con que le ponía una pluma en el bolsillo. El Marinero no se detuvo. Sacó la pluma y la partió como una nuez entre sus dedos gruesos, fibrosos, encarnados. Sacó un tubo de plomo. Cortó un extremo con una navajita curva. Del tubo brotó un vapor negro que quedó suspendido en el aire como un visón hervido. La cara del Marinero se disolvió, su boca onduló hacia adelante como una larga manguera y sorbió la pelusa negra vibrando con peristaltismos supersónicos, desapareció en una explosión muda, rosácea. La cara volvió a enfocarse con insoportable precisión y claridad, el hierro amarillo de la droga que marca a fuego las ancas grises de un millón de yonquis llorones.
—Esto durará un mes —decidió tras consultar un espejo invisible.
Todas las calles del centro descienden entre cañones más y más profundos hasta una amplia plaza en forma de riñón, llena de oscuridad. Las paredes de calles y plazas están perforadas de cafés y cubículos habitados, algunos de muy poca profundidad y otros que se alargan hasta más allá de la vista formando una red de pasillos y habitaciones.
A todos los niveles se entrecruzan puentes, pasarelas, tranvías de cremallera. Jóvenes catatónicos vestidos de mujer con trajes de arpillera y andrajos podridos, caras intensa y groseramente pintadas de colores chillones sobre estratos de cardenales, arabescos de cicatrices supuradas abiertas hasta el hueso nacarado se aprietan contra los transeúntes con silenciosa y tenaz insistencia.
Traficantes de la Carne Negra, carne del gigantesco ciempiés acuático negro —que llega a alcanzar dos metros de longitud— hallada en una ruta de rocas negras y lagunas pardas, iridiscentes, exhiben crustáceos paralizados en unos escondrijos de la plaza y solamente visibles para los Comedores de Carne.
Practicantes de oficios inconcebibles y ya olvidados, estraperlistas de la Tercera Guerra Mundial, excisores de sensitividad telepática, osteópatas del espíritu, investigadores de infracciones denunciadas por suaves ajedrecistas paranoicos, ejecutores de autos fragmentarios de procesamiento escritos en taquigrafía hebefrénica que acusan inimaginables mutilaciones del espíritu, agentes de estados policía sin constituir, destructores de sueños exquisitos y nostalgias puestos a prueba en las células hipersensibilizadas por la enfermedad de la droga y canjeados por materias primas de la voluntad, bebedores de Fluido Pesado sellados en el ámbar translúcido de los sueños.
El Café de Reunión ocupa un lado de la Plaza, un laberinto de cocinas, restaurantes, covachas para dormir, peligrosos balcones de hierro y sótanos que llevan a los baños subterráneos.
Unos Chaqueteros desnudos, sentados sobre taburetes de satén blanco, sorben jarabes de colores translúcidos con pajitas de alabastro. Los Chaqueteros no tienen hígado y se alimentan exclusivamente de cosas dulces. Sus labios delgados, de un azul amoratado, cubren un pico de hueso negro afilado como una navaja barbera y con el que frecuentemente se hacen pedazos cuando se disputan clientes. Estas criaturas segregan por sus penes erectos un fluido adictivo que prolonga la vida retardando el metabolismo. (De hecho, se ha demostrado que todos los agentes que prolongan la vida son adictivos en razón directa a su eficacia real.) Los adictos al fluido de Chaquetero reciben el nombre de Reptiles. Varios de ellos derraman sobre las sillas sus huesos flexibles y su carne rosinegra. Detrás de las orejas tienen unos abanicos de cartílago verde cubierto de pelos eréctiles huecos a través de los cuales absorben el fluido. Estos abanicos, que se mueven de vez en cuando impulsados por corrientes invisibles, cumplen también alguna función de comunicación sólo conocida por los propios Reptiles.
Durante los Pánicos bienales, cuando la brutalidad desnuda de la Policía de los Sueños asola la ciudad, los Chaqueteros se refugian en las hendiduras más profundas de las paredes sellando ellos mismos sus cubículos de arcilla y permaneciendo varias semanas en bioestasis. En esos días de terror gris, los Reptiles corren de un lado a otro más y más deprisa, se gritan al cruzarse a velocidad supersónica, sus cráneos flexibles baten en el viento negro de insectos que agonizan.
La Policía de los Sueños se desintegra en grumos de ectoplasma podrido barridos por un viejo yonqui que tose y escupe en la mañana enferma. El contacto llega con unos tarros de alabastro llenos de fluido de Chaquetero, y los Reptiles pueden descansar.
El aire vuelve a estar claro y tranquilo, como glicerina.
El Marinero localizó a su Reptil. Se deslizó hasta él y pidió un jarabe verde. El Reptil tenía una boca de cartílago marrón pequeña, redonda como un disco, ojos verdes sin expresión casi cubiertos por un párpado de fina membrana. El Marinero tuvo que esperar una hora para que la criatura se diera cuenta de su presencia.
—¿Tienes algo para el Gordo? —preguntó, y sus palabras se agitaron entre los pelos del abanico del Reptil.
El Reptil necesitó dos horas para alzar tres dedos transparentes color de rosa cubiertos de pelusa negra.
Unos cuantos Comedores de Carne yacen entre charcos de vómito, demasiado débiles para moverse. (La Carne Negra es como un queso putrefacto, irresistible, deliciosa y nauseabunda, de tal modo que los Comedores comen y vomitan y vuelven a comer hasta que caen exhaustos.)
Un joven pintarrajeado se escurrió adentro y empuñó una de las grandes garras negras, inundando el café de un olor dulce y enfermo.
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Traducción de Martín Lendínez. Editorial Bruguera, Col. Club Bruguera #22, Barcelona, 1980.



Como siempre, se postea el fragmento con el ánimo de seducir, de compartir una lectura que ha sido basica para este bloggero
¿Por qué en especial este? Por su poética en el filo, por su urbanismo, por ese mundo que vive en el cotidiano y pocos vemos. Por que este fragmento, para mí, define lo que es Burroughs. Tan fácil como eso.
¿Y a William Gibson? ¿Y a Farmer? No sé, pregúntenle a ellos.



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