sábado, octubre 09, 2004

eventualidades o signos aciagos en el homenaje

Y no sé si va a ser una crónica como tal, pero hay dos o tres detalles para comentar.
Primero: tras años de no sufrir infecciones virales en mi Pentium S (que ni conexión a internet tiene, que jamás aguanta programas nuevos y que todo el tiempo la gente bromea sobre ella, asegurando que ahí ni los virus corren), mientras acababa el documento de mi conferencia, el procesador de palabras se volvió loco. Cada vez que le daba flecha arriba, empezaban a aparecer enters. Y así, en un desquiciamiento que me hizo imprimir el archivo y apagar de inmediato la PC. Virus, dije. Y pensé que de alguna manera ya era tiempo, aunque no me gustara.
Segundo: recurrí a mi lap Macintosh, ya con poco tiempo para llegar al evento. Apenas agregué una cuartilla y la imprimí. A la hora de apagarla, ocurrió un grave error que la hizo resetearse.
Casualidades, pensé, queriendo desechar la idea de señales fatídicas. Junté mis cosas, me puse el abrigo y salí con rumbo a Profética. Ya el Motor Literario me esperaba. Y también la Lobita. A Efigenio me lo encontré en la esquina, luchando por encenderse un cigarro.
Y los ánimos eran espectantes. Y el auditorio, repleto de hombres invisibles ocupando ese cúmulo de sillas que abarrotaba el patio de Profética. No había conocidos, pero llegó un periodista. De Zárate, ni sus luces.
Y poco a poco, los hombres visibles llegaron. Y siguieron llegando, pero Zárate no. El periodista, un tanto impaciente, preguntó cuando pensábamos empezar. Le echamos la culpa a Zárate y dijimos que en diez minutos más.
A los trece o así, llegó Zárate, quitado de la pena, como si nada.
Y subimos al podio. Sobre todos los hombres invisibles ya se sentaban hombres y mujeres visibles y nuestros ánimos estaban recuperados. La lluvia había caído antes y todo parecía marchar adecuadamente.
Tercero: no recuerdo quien leía. Debió ser Efigenio o Anja. La noche se aproximaba rauda, poca luz natural iluminaba las nubes sobre nosotros. En ese instante un olor a plástico quemado empezó a inundar el lugar. José Luis Escalera abandonó una silla del auditorio en ese instante, con algo que me pareció cara de preocupación. Alcé la vista y una nube negra empezaba su recorrido por encima de Profética, incidiendo justo en el vector de una esquina.
Shit, pensé, demasiados signos aciagos.
Y esperé y esperé. A que creciera la humareda, nos desalojaran, suspendieran el homenaje. Algo así.
No pasó nada. Seguimos el homenaje hasta las 21:20 hrs. Ya sin mayores incidentes, con un público interesado que también se animó a participar al final.
Hubo charlas de after show, pero no fiesta. Cada quien a su casa.
Y nos fuimos, la Lobita y yo. Comentamos los 3 incidentes, y pensamos en el espíritu de Poe, visitándonos. Y sonreímos soñadores, quizá un tanto ecépticos.
Por la mañana, parte del tirol y el recubrimiento del techo de la sala, se había caído sobre mi maletin y la chamarra de la Lobita.
Volvimos a pensar en Poe y nos preguntamos si estaría enojado por el homenaje.
Dejé a la Lobita en el trabajo y pensé que los demiurgos censores de la red, esta vez habían influenciado en la realidad.
Pensé más. Sobre todo en el espíritu de Poe, en su probable visita, en su ánimo vigía.
Pero eso será tema de otro post. Porque ya me caigo de sueño. Porque no tengo una cita a la mano con que quisiera empezar ese debraye.
See ya soon...

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