miércoles, diciembre 15, 2004

respuesta a la gran pregunta

Y las cosas llueven al azar, ya se sabe.
O quizás es de otra manera y como dice Anja, el Tarot y lo místico nos persiguen estos días. A veces siento que es eso, que cuando andas rodeado, sumergido en las vías sobrenaturales, las cosas se concatenan. O es sólo que tu mirada está más abierta a esos signos. No lo sé de cierto, pero creo esto último.
Y esta mañana, que empezó como a las 13:00 hrs, ya apresurado, apenas semidespertado por la ducha, eché mano de un libro de Ruy Sánchez para que me acompañara a comer con la Lobita. Ya lo había empezado a leer, pero en este caos que habito, muchas lecturas, sobre todo si son de cuento, se quedan rezagadas, a la espera. El caso es uno; ya montado en la Ruta 20, empecé a leer y leer. Y por poco me paso de esquina.
Un fragmento brilló con luz incomparable. Me abstrajo. Me distrajo. Me despertó del todo y algo más. Es éste:

Cuentos de Mogador
Alberto Ruy Sánchez
III. voces, navegaciones, tormentas
(fragmento)
Aquí en Mogador cuentan que el mundo fue creado a carcajadas; que lo hicieron nueve dioses, de tres cabezas en cada cuerpo. Estaban los nueve burlándose unos de otros, como siempre lo hacían, hasta que alguno tuvo la ocurrencia de crear una cosa extraña que era caricatura de su víctima. El ofendido respondía con un nuevo engendro de los otros dioses. Entonces alguno replicaba creando un gato tísico o una rana murciélago que ya no sólo era retrato grotesco de algún dios, sino también una burla de la caricatura anterior (es decir de la criatura anterior). De pronto estaban ya los nueve creando plantas extrañas y pestilentes, planetas secos, hoyos negros en el universo, ajolotes, virus, perros diminutos y comestibles. Burlas sucesivas que nos han hecho tener la ilusión de que algunos animales se derivan directamente de otros, o que son su bella evolución, cuando todos saben aquí que el hombre es tan solo un mono mal hecho más los trazos ridiculizados de algún dios. Esta escena de la ultima creación termina, según cuentan, con una explosión de euforia de la que sólo se sabe que las carcajadas llegaron a cortar la respiración y amoratar algunas caras. Las tres cabezas de los nueve dioses comenzaron a parodiarse entre sí, luego cada uno de sus miembros y después todavía se reían hasta sus más pequeñas materias. Como el mundo seguía creciendo intercalado en esa agitada confusión, pronto dejó de distinguirse quien imitaba a quien, y dónde comenzaba el movimiento. (pag. 38-39)
Alberto Ruy Sánchez. Cuentos de Mogador. CONACULTA, Col. Lecturas Mexicanas Tercera Serie N° 89, México, 1994.

Pero había que aprovechar la hora de comida; estuve con la Lobita, la llevé a su trabajo y hasta trepar en la ruta 5, no volví al libro. Leí completo el capítulo/cuento y ya no pude seguir. Mi cabeza derivaba.
Primero en otras obras de Ruy Sánchez, luego sobre el tema.
Y me quedé en lo último. Quizá lo sorprendente fue esta mirada refrescante, este quitarse la corbata y jugar con el génesis. Sobre todo yo, lo necesitaba. A últimas fechas me ha dado un poco por lo solemne, desde siempre por lo trágico. Y éste fragmento me sacó de otro de esos expresos a la autocompasión.
Ya lo decía en el pasado Post; no he tenido tiempo de casi nada y no he terminado todo lo que debía para este año. DEBÍA, la palabra llegó solita y revela la cárcel, el calabozo donde andaba: el de la obligación, el compromiso, el DEBER.
Creo que en ese mismo momento suspiré, al fin aliviado del peso, al fin con la nariz fuera del vaso medio lleno de agua en que me andaba ahogando.
Y recordé más. Génesis igual de impertinentes y divertidas. Y no sé si lo construyo ahora o es del todo cierto, pero creo que siempre han llegado en el momento decisivo.
El primero que recordé, fue de por ahí del 88, cuando andaba en pleno bloqueo creativo. Es éste:

Novecientas abuelas (fragmento)
Ralphael Aloysius Lafferty
-Yo soy la más vieja y la abuela primigenia -dijo una voz alegre-. Todos los demás son mis descendientes. ¿También tu eres de los míos?
-Por supuesto -dijo Cerán y la risa incrédula brotó de toda aquella multitud.
-Entonces debes ser el último descendiente, porque no te pareces a ninguno. Si lo eres entonces el final es tan divertido como lo fue el principio.
-¿Cómo fue el principio? -baló Cerán-. Tu eres la primera, ¿sabes cómo llegaste a ser.
-Oh, sí, sí -rió la abuela primigenia-y la hilaridad de los pequeños seres se convirtió ahora en un verdadero ruido.
-¿Cómo empezó? -reclamó Cerán, saltando y brincando de exitación.
-Oh, fue un chiste tan gracioso, la forma en que empezaron las cosas, que tú no lo creerías -pió la abuela- ¡Un chiste, un chiste!
-Cuéntame el chiste, entonces. Si un chiste generó vuestra especie, entonces cuéntame ese chiste cósmico.
-Cuéntatelo tu mismo -tintineó la abuela-. Tú eres parte del chiste, si eres uno de mis descendientes. Oh, es demasiado divertido para creerlo. Qué bueno es despertarse y reír y volverse a dormir. (pág. 18-19)

R.A. Lafferty. Novecientas Abuelas. Edhasa, Col. Nebulae N° 43, Barcelona, 1980.

En realidad Lafferty me volvió loco desde el 2º tomo (Los seis dedos del tiempo) en español de esta recopilación que en Norteamérica se publicara en el mismo volumen; para variar yo conseguí primero la segunda parte y un rato después, en esas cacerías obligatorias a todo buen ciencia ficcionero, la primera . Y éste cuento, en inglés y en español, abre el libro. Sobra decir que me mató con los conceptos, con el desenfado con que aborda el génesis. A partir de ese instante me quise poner a escribir humor. Pronto me di cuenta que por ahí no iba la cosa, pero salieron un par de cuentos.
Supongo que en ese tiempo andaba muy mal, decaído, descreído. Y Vonnegut llegó a rescatarme con las aventuras de su escritor de CF: Kilgore Trout. Las patéticas aventuras de un escritor que sólo puede publicar sus cuentos y novelas en revistas de tercera "para adultos". O como las llama ahí Vonnegut: de Castores abiertos, refiriéndose con ello a la clásica pose de piernas abiertas y cero ropas que asumen las modelos de ese tipo de publicaciones. Hablo, por supuesto de Desayuno de Campeones, novela que Zárate me prestara y yo leyera al principio (las primeras dos hojas) a regañadientes y luego a velocidad luz. Kilgore Trout reflejaba mis miedos, mis ansias locas de escribir. E incluso mis malos argumentos. Me llegó tan a fondo el libro que a partir de ahí y hasta el 91, firmé mis escritos a máquina con el nombre con que quería Kilgore Trout que marcaran su lápida: Somebody (la lápida completa decía: "Alguien, hizo el esfuerzo" y una fecha que no recuerdo).
Después de esa experiencia prácticamente tuve que arrancarle el resto de los libros de Vonnegut de entre las manos al buen José Luis. En uno de ellos, Dios le bendiga Mrs. Rosswatter, Vonnegut ponía el primer fragmento "escrito" por Kilgore Trout (en todas las otras novelas, Vonnegut, o el narrador hacía el resumen de las novelas o los cuentos escritos o planeados por KT). Y rápidamente supe que en el mercado había una novela que retomaba ese fragmento y el título y que además había sido escrito por mi escritor fetiche, por ese cuya biografía me sacó de la Ingeniería y me hizo sólo querer aporrear las teclas de por vida:

Venus en la concha
Kilgore Trout (Philip José Farmer)
20. El final del recorrido
(fragmento)
-Gvrill es muy joven y por eso tiende a utilizar un lenguaje impreciso -observó Bingo-. No debió haber dicho que nosotros creamos la vida. Debió decir que nosotros éramos responsables de la vida existente en otros sitios.
-¿Y cómo es eso? -preguntó Simón.
-Bueno, pues hace muchos miles de millones de años comenzamos a hacer un examen científico de todos los planetas del mundo. Primero enviamos expediciones de exploración. No encontraron signos de vida en ningún lado. Pero estábamos interesados en la geoquímica y todo eso, ya sabes. Así que enviamos expediciones científicas. Estas construyeron bases, cuyas torres habrás encontrado. Los equpos se quedaron en los planetas un largo tiempo, por lo menos desde vuestro efímero punto de vista. Tiraron la basura y sus excrementos en los mares primitivos, cerca de las torres. Eso contenía microbios y virus que florecieron en los mares. Estos evolucionaron hasta formar criaturas mayores, y así los hombres de ciencia se quedaron a observar su desarrollo.
Hizo una pausa y se bebió otra cerveza.
Simón quedó impresionado. El pasaba a ser el final de un proceso que había comenzado con excrementos de cucaracha.
-Es una forma tan buena de empezar como cualquier otra -comentó Bingo como si hubiera leído los pensamientos de Simón.
(pág. 161-162)
Ciencia Ficción Selección 31. Especial Kilgore Trout. Ed. Bruguera, Col. Libro Amigo N° 523, Barcelona, 1977.

Al parecer Vonnegut dio permiso a Farmer de hacer la novela y jamás se lo perdonó a sí mismo. La novela está escrita con el pésimo estilo que sugerían los resúmenes de la obra Trout y con el espiritu que Farmer captó de él. Farmer es mi héroe, por esos arrebatos suicidas, esa forma extrema de juego literario que le hacía imitar estilos para hacer verdaderos homenajes. Escritor empático, Escritor Simbiote.
Leer Venus en la concha, aderezado con La senda del perdedor de Bukowsky, me hizo salir de mis depresiones.
Eso y que gané un premio de Poesía. Sí, aunque me confiese un pésimo poeta, mi primer premio fue de poesía y con el monto del premio sólo hice una cosa: comprar libros. Ahí llegó la estocada final. Andaba de Safari Fresa en Gandhi (no en mis acostumbradas librerías de viejo de Donceles) e inesperadamente, en la mesa de descuentos de Anagrama, encontré una portada que me volvió loco: un robot humanoide con la pistola apuntada a su sien. El libro era La vida, el universo y todo lo demás de Douglas Adams. No sabía nada de la serie ni del autor, pero al encontrar en la cuarta de forros la descripción de Marvin, el robot depresivo y la noticia de que esa era la tercera parte de una serie, no pude sino ponerme a buscar. Ahí estaban los 3 libros. Los compré, junto con un par de W.S. Burroughs y otro par de Dick. Y los de Douglas fueron los primeros que leí. Esta es la entrada del tomo I:

Guía Del Autoestopista Galáctico
Douglas Adams

En los remotos e inexplorados confines del arcaico extremo occidental de la espiral de la galaxia, brilla un pequeño y despreciable sol amarillento.
En su órbita, a una distancia aproximada de ciento cincuenta millones de kilómetros, gira un pequeño planeta totalmente insignificante de color azul verdoso cuyos pobladores, descendientes de los simios, son tan asombrosamente primitivos que aún creen que los relojes de lectura directa son de muy buen gusto.
Este planeta tiene, o mejor dicho, tenía el problema siguiente: la mayoría de sus habitantes eran infelices durante casi todo el tiempo. Muchas soluciones se sugirieron para tal problema, pero la mayor parte de ellas se referían principalmente a los movimientos de pequeños trozos de papel verde; cosa extraña, ya que los pequeños trozos de papel verde no eran precisamente quienes se sentían infelices.
De manera que persistió el problema; muchos eran humildes y la mayoría se consideraban miserables, incluso los que poseían relojes de lectura directa.
Cada vez eran más los que pensaban que, en primer lugar, habían cometido un gran error al bajar de los árboles. Y algunos afirmaban que lo de los árboles había sido una equivocación, y que nadie debería haber salido de los mares.
Y entonces, un jueves, casi dos mil años después de que clavaran a un hombre a un madero por decir que, para variar, sería estupendo ser bueno con los demás, una muchacha que se sentaba sola en un pequeño café de Rickmansworth comprendió de pronto lo que había ido mal durante todo el tiempo, y descubrió el medio por el que el mundo podría convertirse en un lugar tranquilo y feliz. Esta vez era cierto, daría resultado y no habría que clavar a nadie a ningún sitio.
Lamentablemente, sin embargo, antes de que pudiera llamar por teléfono para contárselo a alguien, ocurrió una catástrofe terrible y estúpida y la idea se perdió para siempre.
Esta no es la historia de la muchacha.
Sino la de aquella catástrofe terrible y estúpida, y la de algunas de sus consecuencias.
También es la historia de un libro, titulado
Guía del autoestopista galáctico; no se trata de un libro terrestre, pues nunca se publicó en la Tierra y, hasta que ocurrió la terrible catástrofe, ningún terrestre lo vio ni oyó hablar de él.
No obstante, es un libro absolutamente notable.
En realidad, probablemente se trate del libro más notable que jamás publicaran las grandes compañías editoras de la Osa Menor, de las cuales tampoco ha oído hablar terrestre alguno.
Y no sólo es un libro absolutamente notable, sino que también ha tenido un éxito enorme: es más famoso que las Obras escogidas sobre el cuidado del hogar espacial, más vendido que las Otras cincuenta y tres cosas que hacer en gravedad cero, y más polémico que la trilogía de devastadora fuerza filosófica de Oolon Colluphid En qué se equivocó Dios, Otros grandes errores de Dios y Pero ¿quién es ese tal Dios?
En muchas de las civilizaciones más tranquilas del margen oriental exterior de la galaxia, la Guía del autoestopista ya ha sustituido a la gran Enciclopedia galáctica como la fuente reconocida de todo el conocimiento y la sabiduría, porque si bien incurre en muchas omisiones y contiene abundantes hechos de autenticidad dudosa, supera a la segunda obra, más antigua y prosaica, en dos aspectos importantes.
En primer lugar, es un poco más barata; y luego, grabada en la portada con simpáticas letras grandes, ostenta la leyenda:
NO SE ASUSTE.
Pero la historia de aquel jueves terrible y estúpido, la narración de sus consecuencias extraordinarias y el relato de cómo tales consecuencias están indisolublemente entrelazadas con ese libro notable, comienza de manera muy sencilla.
Empieza con una casa.

Douglas Adams. Guía Del Autoestopista Galáctico. Ed. Anagrama, Col. Contraseñas N° 47, Barcelona, 1983.

La carrera fue rápida y desesperada. Por alcanzar la escena de suicidio robótico, por enterarme de esa idea que la muchacha había descubierto y que sería la respuesta a todos los problemas de la humanidad. Leí y reí sin parar. Alcancé algo parecido a la escena del suicidio. Y la promesa de que en un futuro libro se revelaría la frase. Tuve que esperar como dos años para que llegara esa nueva novela, y aunque también la disfruté a rabiar, tuve que leerla casi toda para llegar a:

Hasta luego, y gracias por el pescado
Douglas Adams
40
(fragmento)
Finalmente llegaron a la última caseta, sentaron a Marvin entre los dos y descansaron a la sombra. Fenchurch compró unos gemelos para Russell con incrustaciones de guijarros pulidos de la sierra de Quentulus Quazgar, recogidos justo debajo de las letras de fuego en que estaba escrito el Mensaje Final de Dios a Su Creación.
Arthur hojeó una pequeña hilera de folletos religiosos que había en el mostrador: breves meditaciones sobre el significado del Mensaje.
-¿Lista? -preguntó a Fenchurch, que asintió.
Levantaron a Marvin entre los dos.

Rodearon el pie de la sierra de Quentulus Quazgar, y a lo largo del pico de una montaña vieron el Mensaje escrito con letras llameantes. Había un pequeño puesto de observación con una barandilla que cercaba la gran roca delantera, desde donde se divisaba un buen panorama. Había un pequeño telescopio de monedas para ver el Mensaje con detalle, pero nadie lo utilizaba porque las letras ardían con el divino brillo de los cielos y, si se veían con un telescopio, dañaban gravemente la retina y el nervio óptico.
Contemplaron maravillados el Mensaje Final de Dios, y poco a poco, inefablemente, recibieron una inmensa sensación de paz y de absoluto y definitivo conocimiento.
-Sí -dijo Fenchurch, suspirando -. Era eso.
Llevaban contemplándolo durante diez minutos enteros cuando se dieron cuenta de que Marvin, derrumbado entre sus hombros, tenía problemas. El robot ya no podía levantar la cabeza, no había leído el Mensaje. Le incorporaron, pero se quejó de que sus circuitos de visión habían dejado de funcionar casi por completo.
Encontraron una moneda y le ayudaron a llegar al telescopio. Se lamentó y les insultó, pero le ayudaron a ver las letras, una a una. La primera era una "n", la segunda y la tercera una "o" y una "s". Luego había un hueco. Después venían una "e", una "x", una "c", una "u" y una "s".
Marvin hizo una pausa para descansar.
Tras unos momentos prosiguió y leyó la "a", la "m", la "o" y la "s".
Las dos palabras siguientes eran "por" y "todas". La última era más larga, y Marvin necesitó descansar de nuevo antes de enfrentarse con ella.
Empezaba con "I", y seguía con "a" y "s". A continuación venía "m" y "o", seguidas de "I" y "e", y luego una "s".
Tras una pausa final, Marvin hizo acopio de fuerzas para el último tramo.
Leyó la "t", la "i", la "a" y, por último, la "s", antes de derrumbarse otra vez en brazos de Arthur y Fenchurch.
-Creo -Murmuró al fin, con una voz que le salía de su corroído y rechinante tórax-, que esto me ha sentado muy bien.
Las luces de sus ojos se apagaron definitivamente y por última vez, para siempre.
Afortunadamente, cerca había una caseta donde unos individuos con alas verdes alquilaban scooters.
Nos excusamos por todas las molestias.

Douglas Adams. Hasta luego, y gracias por el pescado. Ed. Anagrama, Col. Contraseñas N° 111, Barcelona, 1988.

Siempre pensé que me hubiera pegado más si estuviera escrita en nuestros términos mexicanos o en esa manera en que yo creí entender el mensaje divino: Disculpe las molestias que esta obra le ocasiona.
Génesis impertinentes, juegos con lo solemne, con las preguntas ontológicas básicas hasta hacerlas divertidas.
Eso es más o menos común en la ciencia ficción, supongo que el fragmento detonante de todo esto, el de Ruy Sánchez, tuvo tal contundencia por venir de un autor reconocido por la cultura oficial...
Pero creo que me estoy desviando... Y podría desviarme eternidades, si sigo por esta línea.
La cosa es una:
Creo que el mensaje llegó rápido y claro, pero quería compartirlo.
Supongo que es tiempo de retomar las enseñanzas Farmer, de aceptar esta vía mexicana de ser autor a la Kilgore Trout (y no, no es derrotismo; Vonnegut hace que Kilgore gane el nobel ;-) ).
Supongo que es tiempo de reír. De disfrutar más y olvidarse de los buceos en vasos semivacíos de agua.
Supongo que habrá otros génesis en semejante óptica.
Es tiempo de que haga los míos.
See ya son, you people behind the screen.

PD.- Y si quieren, al menos la versión electrónica de la tetralogía de El autoestopista galáctico puede conseguirse en Biblioteca Sadrac. O por supuesto, en Librerías.

ACLARACIÓN: Los fragmentos de novela se postean aquí con el único propósito de contagiar la pasión por la literatura.

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