sábado, enero 01, 2005

otro año a la basura

No porque sea una verdadera porquería lo que aconteció durante 2004, sino porque toda la cultura, toda la sociedad parecen construidas sobre basura, a través de basura. Así, sin más. Y hagas lo que hagas, parece que sólo incrementas la basura con cada acto, con cada creación.
Quizás no sea esta la mejor manera de abrir un nuevo año de posts; pero ya hace rato que la idea de estas líneas rondaba mi cabeza y sucede que aunque traté de postear antes, es hasta hoy que puedo ingresar, que puedo tratar de definir, desgranar estas líneas.
El cierre de año y las fiestas navideñas, todo este periódo, extrañamente fue agradable, especial por los tiempos compartidos con la Lobita, con parte de mi familia. Hubo reuniones, hubo fiesta y hasta una suerte de paseo turístico por la angelópolis, uno como hacía años no experimentaba, desde que dejé atrás la idea y la acción de manejar automoviles (míos y/o ajenos). Y aún en ese ramo, poco a poco voy regresando a esas costumbres.
Pero, para variar, estoy desviándome. El tema era uno: la construcción en la basura, la construcción de basura...
Y en este sentido, tampoco excluyo a la literatura. Desde que empecé esta obstinada aventura, desde que la idea quedó fija en mis neuronas, cada vez que visitaba una de las librerías de viejo de Donceles, la idea volvía a asaltarme: "estás empeñado en hacer libros que igual acaban como estos", pensaba al mirar las mesas plagadas de volúmenes en oferta desde 1 peso hasta 50, libros de cuentos, novelas, ensayos cuyos autores dificilmente alguien recordaba. Ahí encontré joyas (mi primer ejemplar de Una princesa de Marte, me costó 5 pesos --o su equivalente en precio actual--), pero también títulos, autores que nunca probé, ni siquiera a esos ínfimos precios. Supongo que muchos de esos libros habrán vuelto a las bodegas, a ser devorados por las ratas... No sé...
Pero no es sólo eso. Hay más, mucho más atrás.
Y en esas lecturas intuitivas que a cada rato me ocurren, ocurrió que desde el 23 de diciembre empecé a llevarme un libro de Kundera a mis escapes de actividades de preparación para la cena al único lugar donde casi nadie se atreve a molestarte. Fue en el baño que, de a poco, volví a enfrentarme a esa novela que en su momento constituyera una moda a la que no pude escapar, y una positiva sorpresa.
Va uno de los fragmentos que no recordaba conscientemente, pero que andaba rondandome de una o varias formas:

Milan Kundera
La Insoportable Levedad del Ser
Sexta Parte / La Gran Mancha

5
(fragmento)
La disputa entre quienes afirman que el mundo fue creado por Dios y quienes piensan que surgió por sí mismo se refiere a algo que supera las posibilidades de nuestra razón y nuestra experiencia. Mucho más real es la diferencia que divide a los que dudan acerca del ser que le fue dado al hombre (por quien quiera que fuera) y a los que están incondicionalmente de acuerdo con él.
En el transfondo de toda fe, religiosa o política, está el primer capítulo del Génesis, del que se desprende que el mundo fue creado correctamente, que el ser es bueno y que, por lo tanto, es correcto multiplicarse. A esta fe la denominamos
acuerdo categórico con el ser.
Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos, no era por motivos morales. ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del water!), o hemos sido creados de un modo inaceptable.
De eso se desprende que el ideal estético del
acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama Kitsh.
Es una palabra alemana que nació en medio del sentimental siglo diecinueve y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el Kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.


Milan Kundera, La Insoportable levedad del ser. Tusquets Editores, Colección Andanzas N° 25, Barcelona, 1988.

En ese momento (1988) recuerdo que me pareció molesto el uso de un vocablo en otra lengua para denominar un fenómeno que ya el gran Philip K. Dick había abordado (se me olvidaba que también Dick usó una palabra extranjera, si es que existe). En ese instante aún blandía la bandera de la CF como la única posible para la sincera vía literaria. Pero la cosa fue cambiando poco a poco y Kundera se afirmó y afirmó mi gusto por la literatura aceptada por el aparato oficial con su siguiente novela La inmortalidad.
Es sin embargo, en Dick, en quien de muchas maneras sigo encontrando la más fiel descripción de este proceso:

Philip K. Dick
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
(fragmento)
Un silencio que emanaba del suelo y de las paredes y parecía generado por una vasta usina lo golpeó con tremenda energía. Brotaba de la moqueta gris en jirones, de los utensilios total o parcialmente destrozados de la cocina, de las máquinas muertas que no habían funcionado en ningún momento desde que Isidore había llegado. Rezumaba de la inútil lámpara de pie del cuarto de estar, combinándose con el que descendía, vacío y sin palabras, del cielorraso manchado por las moscas. En realidad, surgía de todos los objetos que tenía a la vista, como si él —el silencio— se propusiera reemplazar todos los objetos tangibles. Por eso no solamente afectaba sus oídos sino también sus ojos: mientras contemplaba el aparato de televisión inerte sentía el silencio como algo visible y, a su modo, vivo. ¡Vivo! Con frecuencia había percibido antes la severidad de su cercanía: cuando llegaba, irrumpía sin delicadeza, evidentemente incapaz de esperar. El silencio del mundo no podía refrenar su codicia. Y menos ahora, cuando ya virtualmente había vencido.
Se preguntó entonces si las demás personas que se habían quedado experimentaban el vacío de la misma manera. O bien, esto podría deberse a su peculiar identidad biológica, una degeneración determinada por su inepto aparato sensorial. Vivía solo en ese ruinoso edificio de mil apartamentos deshabitados que, como todos los demás, se derrumbaba de día en día en un deterioro entrópico creciente. Finalmente, todo lo que había en su interior se fundiría, sería idéntico e irreconocible, mero desecho amorfo, kippel apilado hasta el cielorraso de cada apartamento. Y después el edificio mismo perdería su forma y quedaría sepultado bajo el polvo ubicuo. En ese momento él, naturalmente, estaría muerto. Este era otro hecho que resultaba interesante prever mientras permanecía en esa lamentable habitación, a solas con el silencio mundial que imperaba omnipresente y sin pulmones.
Quizá fuera mejor encender de nuevo la televisión. Pero los anuncios, dirigidos a los normales que quedaban, lo asustaban.


Y hay una explicación más explicita:


—Kippel son los objetos inútiles, las cartas de propaganda, las cajas de cerillas después de que se ha gastado la última, el envoltorio del periódico del día anterior. Cuando no hay gente, el kippel se reproduce. Por ejemplo, si se va usted a la cama y deja un poco de kippel en la casa, cuando se despierta a la mañana siguiente hay dos veces más. Cada vez hay más.
—Comprendo —la chica lo miraba con duda, no sabía si creer o no, ni siquiera si él hablaba en serio.
—Esa es la primera Ley de Kippel —dijo él—. El kippel expulsa al no-kippel. Como la ley de Gresham acerca de la mala moneda. Y en estos apartamentos no hay nadie para compartir el kippel.
—De modo que se ha apoderado de todo —concluyó la muchacha—. Ahora comprendo.
—Este lugar —continuó Isidore—, este apartamento que ha elegido, está demasiado kippelizado para vivir en él. Podemos rechazar el factor Kippel; podemos hacer lo que le dije, buscar en los otros apartamentos. Pero...
Se interrumpió.
—¿Pero qué?
—No podemos ganar.
—¿Por qué no? —la chica salió al pasillo cerrando la puerta tras de sí. Cruzó los brazos modestamente sobre sus senos altos y pequeños, y enfrentó a Isidore, ansiosa por comprender. Al menos eso le pareció a él. Se la notaba atenta.
—Nadie puede vencer al kippel —continuó—, salvo, quizás, en forma temporaria y en un punto determinado, como mi apartamento, donde he logrado una especie de equilibrio entre kippel y no-kippel, al menos por ahora. Pero algún día me iré, o moriré, y entonces el kippel volverá a dominarlo todo. Es un principio básico: todo el universo avanza hacia una fase final de absoluta kippelización. Con la única excepción del ascenso del Wilbur Mercer. La muchacha lo miró.


Y un remate:

—El Mercerismo no se ha terminado —dijo Isidore. A los androides les ocurría algo, algo terrible, pensó. Y la araña. Tal vez había sido realmente la última de la Tierra. La araña se había ido, Mercer se había ido... Isidore vio el polvo y la ruina extendiéndose por el apartamento. Oyó la llegada del kippel, del desorden final de todas las formas, de la ausencia triunfadora, mientras estaba allí, de pie, con la taza de cerámica vacía en la mano. Los armarios de la cocina crujieron y se partieron; el suelo cedió bajo sus pies.
Se movió y tocó la pared. Su mano quebró la superficie. Trozos grises se desprendieron y cayeron, fragmentos de enlucido semejantes al polvo radiactivo del exterior. Se sentó junto a la mesa; las patas de la silla se torcieron como tubos huecos y podridos. Se puso de pie enseguida, dejó la taza y trató de componer la silla, de hacer que volviera a su forma anterior. Pero se desarmó entre sus manos: los tornillos que habían sujetado sus partes estaban sueltos. Vio sobre la mesa cómo a la taza le aparecía una grieta, cómo se extendía una fina red de líneas y caía un trozo y a la vista quedaba la materia interior, que no era vítrea.


Philip K. dick. ¿Sueñan los androides con ovejas elèctricas?. Ediciones Orbis, Barcelona, 1987

Eran días de gran idealismo cuando yo leía esto. Días a los que sin embargo no podía arrancar mi afinidad por la verdad. Y a eso me sonaban los anteriores fragmentos. A una verdad de gran tamaño. A una aproximación a la maquinaria interna de todo.
Fue con William Gibson que la mirada de sorpresa cambió a otra, que se parece al estoicismo, pero tampoco es estoicismo:

William Gibson
Quemando Cromo / El Mercado de Invierno

Gomi.
¿Dónde termina el
gomi y empieza el mundo? Los japoneses, hace un siglo, ya habían agotado el espacio para gomi alrededor de Tokio, así que propusieron un plan para crear espacio con gomi. Hacia el año 1969 se habían construido una islita en la bahía de Tokio, hecha de gomi, y la bautizaron Isla del Sueño. Pero la ciudad seguía vertiendo sus nueve mil toneladas diarias, así que construyeron Nueva Isla del Sueño, y hoy coordinan todo el proceso, y nuevas niponas emergen del Pacífico. Rubin ve todo esto en los noticieros y no dice nada.
No tiene nada que decir sobre el
gomi. Es su medio, el aire que respira, algo en lo que ha nadado toda la vida. Recorre Greater Van en una especie de camión decrépito construido recortando un antiguo Mercedes utilizado para llevar carga en el aeropuerto, y con el techo oculto bajo una ondulante bolsa de caucho llena de gas natural. Busca cosas que encajen en el extraño diseño garabateado dentro de su frente por lo que sea que le sirve de Musa. Trae más gomi a casa. Algunas piezas son todavía operativas. Algunas, como Lise, son humanas.

(...)

Rubin, en un sentido que nadie entiende del todo, es un maestro, un profesor, lo que los japoneses llaman un
sensei. De lo que es maestro, en verdad, es de la basura, de trastos, de desechos, del mar de objetos abandonados sobre el que flota nuestro siglo. Gomi no sensei. Maestro de la basura.
Lo encontré, esta vez, sentado en cuclillas entre dos máquinas de percusión de aspecto cruel que no había visto nunca: herrumbrosas patas de araña dobladas hacia el corazón de abolladas constelaciones de latas de acero recogidas en los basureros de Richmond. Nunca llama «estudio» al sitio donde trabaja, nunca se refiere a sí mismo como «artista». «Perder el tiempo», dice para describir lo que hace, que aparentemente ve como una extensión de tardes infantiles perfectamente aburridas en patios traseros. Deambula por ese espacio atascado, lleno de basura, una especie de minihangar adosado a la parte del Mercado que da sobre el agua, seguido por la más inteligente y ágil de sus creaciones, como un Satanás vagamente afable empeñado en la elaboración de procesos cada vez más extraños en su continuo infierno de
gomi. He visto a Rubin programar sus construcciones para identificar y atacar verbalmente a los peatones vestidos con prendas del diseñador más famoso de una estación dada; otras construcciones se ocupan de misiones más oscuras, y unas pocas parecen construidas con el único propósito de reconstruirse con el mayor ruido posible. Rubin es como un niño; también vale mucho dinero en galerías de Tokio y París.

William Gibson. Quemando Cromo. Editorial Minotauro. Barcelona, 1994.

Supongo que la diferencia es esa. Sigo en mi postura de Rubin. Sigo agrediendo a los que aceptan la mierda de diseñador, la mierda del consumismo; aunque yo también construya a partir de la basura. Y digo sigo, porque desde que lo leí, en 1994, sentí de esa manera el texto. Y me sigue llegando con la misma contundencia.
Años más tarde, Gibson vino a la ciudad de México y habló de la Internet, como del mayor basurero cultural del mundo, el lugar que guarda toda aquella basura que la antigua sociedad, que el papel y su curso natural de decrepitud no podían ni querían guardar o conservar.
Y heme aquí, escribiendo para la internet. Sin dejar de escribir cosas que espero se vuelvan libros...
El post así, parece sonar incoherente. Pero estos son debrayes en un debrayario. Y además se me ha acabado el break y he de volver a la familia, a ver a mis familiares que ya acuden al recalentado.
Y para rematar, va sólo otra cita de Kundera, que quizás esclaresca el sentido de este post (aunque no sea una novela):

Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo.
Milan Kundera / La Insoportable Levedad del Ser

Feliz Inicio del Nuevo Año en la Vieja Trampa del Mundo.

See ya soon, you people behind the screen.

NOTA: Y de nueva cuenta, aunque no lo paresca, los fragmentos de obras literarias se postean aquí con la única finalidad de contagiar la pasión por la literatura.

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