martes, abril 19, 2005

vampiros en la ciricua

Y ya por ahí lo contaron. Ya hubo una pregunta en el tag... E incluso mi desconcierto porque no llegó el programa para esas noches vampíricas.
De cualquier forma hice la tarea y asistí puntual, ese Sábado a las 6 pm, aunque una tormenta imprevista me impidió imprimir y leer lo escrito. Y como prometí postearlo, aquí va:

LAS METAMORFOSIS DEL VAMPIRO
Gerardo Horacio Porcayo

Imágenes. Ante todo hay imágenes. Visiones que quedan tatuadas en el cerebro, enquistadas, germinando largamente durante el silencio, bajo el fulgor de las difusas estrellas, bajo la tela blanquecina, la catarata de esa pupila ciega que es el cielo urbano; germinando a ojos abiertos y cerrados, en sueños nocturnos, deambulares oníricos, en paseos por la vigila citadina y pesadillas de 21 pulgadas o varios metros en viejos cinemas de enorme, catedrálica nave, o en postmodernas salas estrechas con sonido THX.
¿Dónde empieza el sueño del vampiro? ¿Dónde acaba el ajeno e inicializa el propio?
Recuerdos. Vagas imágenes son todo lo que puede ser extraído de cada cerebro. Semillas inciertas, simientes de muerte y deseo que sólo las profundas, las inútiles cavilaciones consiguen escudriñar sin obtener dictámenes definitivos. Aproximaciones. Sólo acercamientos a la mitología particular.
¿Cuál es el secreto de la alquimia del vampiro? ¿Dónde reside su poder homolo-gador, esa magia para transformarse en sueño colectivo, pesadilla actualizada que adquiere otros carices?
Que yo recuerde, las primeras pesadillas personales tenían referentes nubosos. Un puño que se abre paso a través del humus, la tierra apelmazada bajo una lápida. Una mano que se abre y expresa libertad al extender los dedos, un trueno, un relámpago lejano y los titulares de un serial de televisión que no han logrado alcanzar íntegros o difusos estos días. Ese final de la cortinilla de entrada era quizá lo más disfrutable de ese programa. No recuerdo un solo capítulo y sí el deseo perenne de que se contara la historia de aquella mano que surge de la tumba.
El segundo terror infantil era más acorde a nuestro mundo cristiano. El diablo en cada esquina, en cubiertas de libros de magia en aparadores o en tenderetes de la calle, o en una versión más moderna, en los puestos de periódicos, en las múltiples historietas mexicanas. El diablo, apareciendo en relatos de la abuela, en charlas subrepticias en el salón de clases. En la primera película de televisión donde el final feliz para una hermosa rubia, princesa inglesa venida a menos, hija que ha tratado durante toda la cinta de limpiarse del oscuro pasado de un padre satanista, tras una boda fastuosa en una isla del mediterráneo y mientras se voltea para besar al novio, ve transformado el sueño de cenicienta en una pesadilla gracias al simple, al sencillo efecto que los ojos iluminados de rojo de su amante esposo y de la congregación toda, le provocan.
O más simple. Atisbos apenas, en la bruja de Blancanieves, en el lobo, maestro del disfraz que acecha a Caperucita roja. O más aún, aquella niña, obsesionada por las zapatillas rojas, tan enamorada que no le importan las advertencias y viste ese calzado que la obliga a un interminable, imposible baile que parece eterno hasta que la mutilación se muestra como única salida posible.
Cuentos de la tradición oral que fueron actualizados, plasmados para la eterni-dad por las plumas de los hermanos Grim y Hans Christian Andersen, quien este lunes 18, si no me equivoco, celebra, donde quiera que esté, el aniversario número doscientos de su natalicio. Pesadillas cruentas del pasado que han transportado semillas de terror al presente y varios babeantes editores han hecho pasar como literatura infantil. Pesadillas que también se encargó de preservar Goethe, con la versificación de su Novia de Corinto o Pollidori, con esa ansia, ese impacto producido por la mancuerna Shelley-Byron, que le hiciera bautizar a la protagonista de su relato con el nombre de pila de la hija de Percy Bishey y narrar historias de muerte y deseo o Bram Stocker, con ese libro que ha llegado a ser biblia del vampirismo: Drácula.
Simientes que muchos vimos ya en tercera, cuarta, enésima generación, tras la criba de los mass media, y también, es cierto, gracias a ella. A esa específica filtración que productores de cine y televisión realizaron antes de entregarnos productos acabados, que mi generación y las siguientes han germinado en su propio cerebro.
Según una teoría ancestal, el vampiro era incapaz de resistir metales nobles. Debió extinguirse en el nitrato de plata de las cintas, pero esa substancia se ha mostrado como el más fiel portador de su virus.
Que yo recuerde, mi primera fascinación por la figura del vampiro, no nació de una versión ortodoxa. Nació con la visión de David Bowie, arrancándose el ank de oro del cuello, transformándolo en otra cosa, cruz egipcia que guardaba en su vientre una hoja de acero, colmillo único, externo, para él y su pareja, Caterine Deneveux; matrimonio vampiro que en una fiesta border, amenizada por Peter Murphy cantando Bela Lugosi is dead desde su jaula de mono Resus, consiguen contrato swinger y la consecuente alimentación. Eros y tánatos, en un juego que era elevado a la categoría de divertimento aristócrata.
La cinta se llamó The hunger y fue traducida en nuestro país como El ansia. Con ella inició mi propia hambre, quizá porque contenía todos los elementos necesarios, quizá porque, como dirían los gringos, ese fix contenía la mezcla adecuada. O como lo planteó Borges un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hom-bre destinado a sus símbolos. Un libro hecho imágenes, pero un libro, al fin y al cabo, que inició su deambular siendo novela. Una que no he conseguido, por cierto.
La segunda cinta tiene que ver con otro relato infantil. Uno que no exactamente recogía tradiciones orales, uno cuya historia autoral sigue actualmente en cartelera. The lost boys, referencia a Peter Pan, a ese club, esa tribu de niños que se negaban a crecer. The lost boys, concreción de sueños: el rock, la juventud eterna, el miedo au-sente en esas aventuras juveniles que tocan el extremo. De vampiro aristócrata a vampiro rebelde sin causa. El periplo estaba trazado y me dejé fluir por sus ver-tientes fílmicas y literarias. Fluir y fluir.
Puedo citar tres cintas memorables más: Drácula de Copola, Entrevista con el Vam-piro y La Reina de los Condenados. Cintas básicas, que conservan la escencia completa del vampiro.
O libros: El sueño del Fevre, de George RR Martín; las crónicas Vampíricas de Anne Rice. Soy Leyenda de Matheson. La ruta del hielo y de la sal de Zárate. Y casi nada más.
Sobre todo en cine, la figura del vampiro ha derivado, de ser romántico, melancó-lico, atormentado por la eternidad, a sucedáneo de superhéroe, enfrentado a super, ultra, hiper vampiros, como en el caso del ya intragable Blade o, en el otro extremo, a versiones que consideran que el vocablo Romántico alude a novelas rosas, como la parte negativa de ese Drácula de Coopola, o tantas otras en que lo único rescatable, para sus creadores, de la figura vampírica parece ser ese tiempo suficiente para amar, como diría Heinlein y no el resto de lo que ofrece el mito vampírico. Como esa otra novela mexicana que ha recibido demasiada atención, por ser producto de la ex-letrista de Santa Sabina: La Sed, de Adriana Díaz Enciso.
El problema de ser eterno, es que todo ya ha sido vivido, probado, degustado. El problema es el tedio. El problema de la eternidad, la vigencia del vampiro, son todos esos subproductos que crecen y crecen, que buscan y buscan tratando de traer nuevos aires a sus historias o de hacer más trágicos sus devenires amorosos.
La frase La fuerza del vampiro recide en que nadie cree en él, salida de alguna cinta de la Hammer que no sé precisar, parece ahora hacerse palpable. El vampiro va perdiendo su fuerza como figura prototípica. Año tras año veo su metamorfosis hacia esa patética figura más acorde a la comedia mexicana de ficheras, de subproducto para las masas que nadie parece dispuesto detener o siquiera objetar.
Humanos sedientos de vampiros, para calmar la ansiedad.

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